Durante años, la albañilería fue considerada un trabajo exclusivamente masculino, pero Sara, una migrante hondureña de 32 años radicada en España, ha demostrado que esto no es así. Hoy se desempeña como ayudante en construcción y sueña con tener su propia empresa en el futuro.
Sara comenzó su vida laboral en España como muchas migrantes: trabajando como empleada doméstica. “Trabajé cuidando ancianos y también cuidé a un niño. Me pagaban 200 euros al mes y trabajaba de lunes a domingo, sin descanso. No había vida”, relata. Llegó a España en 2019 y, como explica, “no nací para estar trabajando en una casa”. La pandemia de COVID-19 complicó la búsqueda de empleo, pero eso no detuvo su deseo de superación.
Su primer contacto con la construcción fue empezando desde cero. Primero pintaba y poco a poco se adentró en la albañilería. “No hay imposibles si realmente quieres aprender”, asegura. Sus turnos son extensos, de 8:00 a 18:00 horas, y el esfuerzo físico es constante: levantar sacos de cemento de 30 a 35 libras es uno de los desafíos diarios.
Sara reconoce que la construcción puede ser intimidante, sobre todo para una mujer en un entorno históricamente masculino. “A veces los compañeros creen que una chica no lo puede hacer. Pero si tienes la oportunidad, hay que intentarlo”, aconseja. Gracias al respaldo de sus jefes, que no permiten faltas de respeto, ha podido desarrollarse con seguridad en su trabajo, incluso frente a actitudes inapropiadas de algunos colegas.
Actualmente, su salario base es de 1.200 euros al mes, y con horas extra puede alcanzar los 1.500 euros. Una diferencia notable comparada con el ingreso de trabajos domésticos. Además, este empleo le permite ayudar económicamente a su madre en Honduras, algo que considera una de sus mayores motivaciones.
Sara también ha invertido en su formación profesional. Ha realizado cursos para ampliar sus habilidades y se prepara para cumplir su meta: abrir su propia empresa de construcción. Para ella, la pasión por lo que hace es la clave del éxito. “Es muy pesado, pero me encanta. Cada día hay algo nuevo que hacer y eso mantiene mi motivación”, comenta.
Con su ejemplo, Sara rompe estereotipos y demuestra que la albañilería no tiene género. Su mensaje es claro: “Ningún trabajo es para hombres, los trabajos son para personas”.

