En El principio del mundo, el escritor peruano Jeremías Gamboa Cárdenas aborda una de las heridas más profundas del Perú contemporáneo: la dificultad de reconocerse en el propio rostro. A través de su protagonista, Manuel Flores —un joven que regresa a Lima tras estudiar en Estados Unidos—, Gamboa explora los conflictos de identidad, racismo y clase que marcan a una sociedad que muchas veces premia el distanciamiento de lo propio.
La novela, publicada por Alfaguara tras una década de escritura, cuenta con casi mil páginas y sigue el proceso de Manuel, quien vuelve al barrio pobre de Lima del que alguna vez huyó. Su regreso lo enfrenta a las raíces que trató de borrar en su intento por “blanquearse”, cumpliendo el mandato de su madre, Candelaria, una mujer analfabeta de origen andino que soñaba con que su hijo “fuera alguien”.
“En el Perú, el mejor elogio que te pueden hacer es que no pareces peruano”, afirma Gamboa durante una entrevista con BBC Mundo en el marco del Hay Festival de Arequipa. “Son pocos los peruanos que se identifican con su rostro, con su país. Nos han educado para no ponernos esa vestimenta”, agrega.
A lo largo del relato, el autor disecciona con minuciosidad la discriminación y las jerarquías invisibles que se repiten entre clases y colores de piel. “En la escuela pública había blancos, cholos e indios; y los del turno de la mañana miraban con desprecio a los de la tarde”, recuerda. En su visión, el racismo peruano no se limita a una confrontación entre grupos distintos, sino que se reproduce internamente en todos los estratos sociales.
Gamboa, conocido por su debut Contarlo todo, reconoce que hay mucho de su propia experiencia en el viaje de Manuel Flores. “Yo volví con una vocación; él no. Pero ambos pasamos por ese purgatorio de la memoria”, dice. La historia se nutre de su paso por el sistema educativo peruano, un tema que el autor considera central para entender las desigualdades estructurales del país. “La educación pública fue lamentable, pero determinante. Solo una reforma educativa profunda puede romper la brecha social”, advierte.
El escritor también reflexiona sobre la actual crisis política. “Mi hijo tiene once años y no puedo explicarle que hemos tenido ocho presidentes en once años. El país vive una disfunción constante, una mediocridad instalada”, lamenta. Para Gamboa, la esperanza aún reside en la educación y en una nueva generación que empieza a reconciliarse con su origen.
En este contexto, destaca un cambio cultural en las nuevas generaciones peruanas, más abiertas a asumir su identidad sin vergüenza. “Hoy hay jóvenes que reivindican su apellido quechua, actores y actrices que hablan desde el orgullo de ser andinos. Eso era impensable en mi generación”, comenta.
Uno de los símbolos más potentes de la novela es el “olor” que Candelaria, la madre de Manuel, siente que la separa de los demás. “Ese olor andino, asociado a la sierra, se ha convertido en un estigma cultural que muchos peruanos llevan hasta los huesos”, explica el autor. En su lectura, el olor se transforma en metáfora de una autoaversión colectiva, un peso interior que muchos intentan ocultar.
El principio del mundo no solo es una novela sobre el racismo o la desigualdad, sino una búsqueda de reconciliación. “Poder decir ‘sí, soy cholo’ es una forma de liberación. De volver a nacer como peruano”, concluye Gamboa.

