A más de una semana de su partida, el recuerdo del padre Alfonso permanece vivo en quienes compartieron su camino espiritual. Su ausencia ha dejado un profundo vacío, pero también una huella imborrable marcada por sus enseñanzas, su fe y su constante llamado a vivir con valentía.
El mensaje que resuena entre sus seguidores es claro y reconfortante: “Que nada te turbe, que nada te espante”. Una frase que hoy cobra más fuerza en medio del dolor, pero también en la esperanza de que su legado continúa guiando a quienes lo conocieron.
Quienes lo recuerdan destacan su capacidad de inspirar a otros a luchar con determinación, a no caer en la tibieza y a mantenerse firmes en la fe. Su enseñanza sobre la oración, entendida como un diálogo constante con Dios, se mantiene como uno de los pilares de su legado espiritual.
En sus palabras también estaba presente la devoción mariana, recordando siempre la importancia de acercarse a la figura de la Virgen como guía hacia Cristo. Esa espiritualidad profunda marcó a generaciones de fieles que hoy continúan ese camino.
Para muchos, el padre Alfonso vivió plenamente su vocación: luchó el buen combate, mantuvo su fe y dedicó su vida al servicio de los demás. Su partida es vista no solo como una despedida, sino como el cumplimiento de una vida entregada con generosidad.
El mensaje final de sus seguidores es un agradecimiento lleno de amor: por enseñar a soñar, a creer, a amar con pureza y a defender los valores. Su ejemplo permanece como una guía para seguir adelante, incluso en su ausencia.
Entre lágrimas y fe, el clamor se eleva con fuerza: “¡santo súbito!”. Una expresión que refleja no solo admiración, sino la convicción de que su vida fue testimonio de entrega y santidad.
Hoy, quienes lo conocieron aseguran que no lo dejarán ir del todo. Lo recordarán en cada oración, en cada acto de fe y en cada esfuerzo por vivir conforme a lo que él enseñó. (O)

