Existe una frase que pareciera heredarse de generación en generación como si fuera parte del patrimonio familiar: “En mi época esto no pasaba”. La pronunciaron nuestros abuelos con convicción, la repitieron nuestros padres con nostalgia y, si somos honestos, más de una vez nosotros mismos la hemos pensado en silencio. Es una expresión que, lejos de desaparecer, se adapta a cada generación como un espejo emocional del paso del tiempo.
“En mi época no había tanta delincuencia. En mi época la música sí tenía letras. En mi época se respetaba la autoridad”. Mientras lo decimos, el presente continúa avanzando sin pedir permiso. La frase no solo compara tiempos; también revela una sensación de pérdida de control frente a un mundo que cambia con rapidez y que rara vez se detiene para que podamos asimilarlo.
Sería irresponsable afirmar que vivimos tiempos sencillos. Basta observar el entorno para advertir que atravesamos una etapa compleja: tensiones políticas, crisis institucionales, violencia y polarización social. En Ecuador —y también en otras latitudes— se percibe una sensación de desorden que parece ir más allá de lo local. Sin embargo, surge una pregunta incómoda: ¿realmente antes el mundo era mejor o simplemente era más lento?
Nuestros abuelos no recibían noticias cada cinco minutos ni llevaban en el bolsillo un dispositivo capaz de mostrarles, al mismo tiempo, una guerra en otro continente, una crisis financiera y el último escándalo político. Sus problemas existían —y eran reales— pero no estaban amplificados por un eco digital permanente. La diferencia no era la ausencia de conflictos, sino la ausencia de sobreexposición.
Hoy vivimos inmersos en una dinámica distinta. La información ya no llega: nos invade. No se trata solo de estar conectados, sino de estar constantemente interrumpidos. Cada notificación exige atención, cada titular reclama reacción inmediata y cada acontecimiento parece obligarnos a tomar postura. Las noticias no concluyen; se reemplazan. Apenas empezamos a entender un hecho cuando otro lo desplaza.
En esa vorágine terminamos opinando más de lo que comprendemos y reaccionando más de lo que reflexionamos. Tal vez por eso la sensación de caos se ha extendido. No necesariamente porque el mundo sea más violento o más desordenado que antes —aunque enfrenta desafíos innegables— sino porque ahora somos testigos simultáneos de casi todo. La distancia desapareció y con ella también la pausa.
En este contexto, la nostalgia cumple una función comprensible. “Mi época” se convierte en un refugio emocional. No porque haya sido perfecta, sino porque era más manejable, más lenta, más digerible. El pasado suele recordarse con menos ruido y mayor coherencia de la que realmente tuvo. El desafío no consiste en añorar lo que fue, sino en aprender a habitar lo que es. Tal vez el acto más sensato en medio de tanta aceleración no sea gritar más fuerte, sino detenerse, leer antes de compartir, escuchar antes de juzgar y pensar antes de reaccionar. Porque dentro de algunos años alguien más dirá, con la misma convicción: “En mi época las cosas eran diferentes”. Y, probablemente, también tendrá razón.

