Cada vez es más común en Quito compartir departamentos con personas que no son familiares, conocidas como “roomies” o compañeros de vivienda. Esta opción ofrece ventajas como independencia, ahorro y la posibilidad de socializar, aunque también implica reglas y tolerancia para la convivencia diaria.
Israel, abogado de 30 años, relató que inicialmente dudó en mudarse de la casa de sus padres en Cumbayá, pero un amigo le sugirió compartir un departamento. Finalmente aceptó y se instaló en un inmueble de dos pisos y tres dormitorios en El Labrador, norte de Quito, donde ya habitaban otras personas. La experiencia, según él, ha sido enriquecedora.
Para vivir en armonía, Israel explica que es fundamental respetar lo que le pertenece a cada uno y organizar los turnos para actividades como cocinar. Cada residente dispone de un nivel del refrigerador y un espacio en la alacena para sus alimentos. La limpieza de utensilios, la compra de jabón, fundas de basura y el tanque de gas se turnan entre todos. Además, cuando hay oportunidad, comparte su almuerzo con los demás, fomentando la convivencia en los espacios comunes.
El costo de alquilar una habitación depende del sector y las comodidades del inmueble. En su caso, paga $200 por un dormitorio de 12 metros por 6, incluyendo agua, luz, internet y limpieza semanal. La buena relación entre compañeros incluso benefició a su mascota, que recibía cuidado y paseos por parte de los “roomies”.
Karla, médica de 27 años, tiene más experiencia viviendo con compañeros de departamento. Durante seis años compartió distintos inmuebles cerca de universidades como La Gasca, la Universidad Católica y la UTE de la Occidental. En cada lugar, los espacios de la refrigeradora se dividían, se coordinaba el uso de la cocina y se avisaba con anticipación para lavar la ropa. Su último departamento, amoblado y con tres baños, tenía un costo de $150 mensuales.
“Es superdivertido vivir con ‘roomies’, sobre todo cuando tienes química y las cosas fluyen”, comenta Karla. Sin embargo, reconoce que no todo es positivo: algunos compañeros pueden generar conflictos, como hacer fiestas y descuidar la limpieza. Por ello, recomienda tolerancia y organización, considerando la experiencia como un aprendizaje personal.
María, psicóloga clínica de 35 años, también ha compartido departamentos en el norte de Quito durante cinco años. Destaca que esta modalidad facilita la mudanza y reduce costos, además de ofrecer oportunidades para socializar y aprender de los demás. Entre los principales desafíos que ha encontrado está la falta de colaboración en el pago de servicios como internet o limpieza.
Para quienes buscan independencia y socialización, compartir un departamento puede ser un paso importante. Israel afirma que debió haberlo hecho antes, ya que la experiencia le permitió “aprender mucho de otros mundos”, mientras que María resalta que también es una oportunidad para conocerse internamente y desarrollar habilidades de convivencia.
En Quito, especialmente cerca de universidades y centros laborales, los avisos de alquiler para compartir departamentos se han multiplicado, consolidando esta opción como una alternativa práctica, económica y enriquecedora para jóvenes y adultos que buscan independencia.

