El feriado de noviembre en Ecuador no solo marca un descanso extendido, sino también una profunda conexión con las raíces culturales del país. Esta fecha combina dos conmemoraciones significativas: el Día de los Difuntos y la independencia de Cuenca. Mientras muchos aprovechan el asueto para viajar y dinamizar el turismo, otros mantienen vivas costumbres ancestrales que giran en torno al recuerdo de los seres queridos.
En Guayaquil, se espera la llegada de cerca de 37.000 visitantes durante estos días, con un impacto económico estimado de 13 millones de dólares, según datos del Observatorio Turístico de la ESPOL. Este movimiento representa un crecimiento de entre 15 % y 17 % respecto al año anterior, consolidando al feriado de noviembre como uno de los más relevantes para la economía local.
Pese al clima de inseguridad que enfrenta la urbe, las cifras reflejan optimismo. “Cuando los turistas llegan, menos del 5 % sufre algún incidente, y más del 97 % recomienda a Guayaquil”, explicó Cinthy Veintimilla, directora del Observatorio Turístico. Durante los feriados de julio y agosto, los visitantes inyectaron 6,7 y 11 millones de dólares, respectivamente, mostrando la relevancia del turismo para la ciudad.
Tradiciones que se transforman, pero no mueren
Aunque las dinámicas sociales y tecnológicas cambian, las tradiciones del Día de los Difuntos siguen firmes. Familias enteras acuden a los cementerios, comparten colada morada y guaguas de pan, y recuerdan a quienes ya partieron.
Para Lucía Puerta, docente de Sociología y Ciencias Políticas en la Universidad de Guayaquil, la globalización no ha borrado estas costumbres: “No creo que la tradición del Día de los Muertos se esté perdiendo. Los cementerios siguen llenos de familias, niños y jóvenes”.
Estas celebraciones tienen raíces prehispánicas. Las civilizaciones andinas ya preparaban bebidas de maíz morado para honrar a sus muertos, práctica que se fusionó con el catolicismo tras la colonización española. “Ninguna práctica cultural es pura; todas son fruto de procesos históricos”, señaló Puerta.
Un ejemplo de esta transformación se observa en el Valle del Chota, donde los “animeros” —personas encargadas de rezar y recorrer el pueblo por los difuntos— han disminuido en número, aunque las celebraciones continúan adaptándose a nuevos contextos culturales.
La gastronomía como símbolo de identidad
El sabor también es parte esencial de la memoria colectiva. Según un estudio, el 87 % de los ecuatorianos consume colada morada por identidad cultural. Para Lina Enderica, profesora de la ESPOL y experta en turismo, “el simple acto de comer guaguas de pan y beber colada morada es una forma de celebración”.
Además de las visitas al cementerio, estos rituales gastronómicos refuerzan el sentido de comunidad y se han convertido en un atractivo turístico durante el feriado.
Cementerios como espacios culturales y turísticos
El Cementerio General de Guayaquil es un punto emblemático de la memoria urbana. Sus esculturas de artistas internacionales y las tumbas de figuras como Julio Jaramillo y Medardo Ángel Silva lo convierten en un sitio de valor histórico y estético.
En los últimos años, se han impulsado actividades culturales como conciertos sinfónicos entre mausoleos, que atraen a cientos de visitantes. Sin embargo, los expertos advierten sobre la necesidad de equilibrio.
“Es como el turismo religioso. Se puede apreciar la arquitectura y el arte, pero con respeto. No se debe masificar”, puntualizó Enderica, quien apoya la idea de promover visitas controladas, dirigidas a un público interesado en la historia y el patrimonio, no en el morbo.
Así, mientras el país moderniza su infraestructura turística, las costumbres que giran en torno al Día de los Difuntos se adaptan y resisten, reafirmando la identidad ecuatoriana entre la memoria, la fe y el turismo cultural.

