En Francia, el caso de Dominique Pelicot está provocando una conmoción nacional por sus perturbadoras revelaciones sobre violencia sexual sistemática. A los 71 años, Pelicot, que parecía un hombre de familia ejemplar, está siendo juzgado por una década de abuso sexual contra su esposa, Gisèle Pelicot, también de 71 años. La situación ha sacudido a Francia y plantea una serie de reflexiones importantes que también tienen relevancia para Ecuador.
Dominique Pelicot vivió una vida aparentemente normal hasta hace cuatro años, cuando la Policía descubrió un espeluznante archivo de abusos. Las investigaciones revelaron que Pelicot había estado sometiendo a su esposa a una serie de violaciones durante diez años, con la participación de 72 hombres distintos. Los abusos se cometieron en su propia casa, mientras Gisèle estaba sedada por drogas que su esposo le administraba sin su conocimiento. Además, la Policía encontró más de 4.000 videos de estos actos en su computadora.
El caso estalló en 2020 cuando Pelicot fue arrestado tras intentar tomar fotos inapropiadas de jóvenes en un supermercado. La búsqueda posterior en su computadora desveló la magnitud de su crimen. Pelicot se ha declarado culpable de múltiples cargos de violación y ha admitido haber reclutado a los agresores a través de un sitio de citas en línea, donde les decía que su esposa estaría bajo efectos sedantes y él estaría presente durante los actos.
El juicio de Pelicot ha captado la atención de Francia y se ha convertido en un tema candente en las redes sociales. Gisèle, a pesar del dolor y la traición, ha optado por un juicio público para visibilizar el horror que sufrió y para dar voz a las muchas mujeres que padecen violencia sexual en silencio. Su declaración, “mi mundo se derrumba”, resuena con el dolor y la pérdida que ha experimentado.
El caso Pelicot destaca una cruda realidad sobre la violencia sexual: el abuso no siempre proviene de individuos extraños o desadaptados. Los agresores pueden ser personas aparentemente normales y respetables en la sociedad. Esto desafía el mito de que los agresores son únicamente “monstruos” o individuos marginales. En realidad, pueden ser miembros integrados en la sociedad y en núcleos familiares, como se ha demostrado en el caso de Pelicot y los hombres que participaron en los abusos.
En Ecuador, este caso internacional debe servir como un llamado a la reflexión y acción. Las estadísticas locales son alarmantes. Entre 2018 y 2023, se registraron 52.051 denuncias de violencia sexual en Ecuador, pero solo 2.500 casos llegaron a sentencia. De acuerdo con un informe de Plan International de noviembre de 2021, se reciben en promedio 14 denuncias de violación diariamente, tres de ellas contra niñas menores de 14 años.
Marilyn Urresto, socióloga guayaquileña, explica que la violencia sexual sistemática, como la que sufrió Gisèle Pelicot, es una manifestación del patriarcado y de los roles de género históricos. Según Urresto, la violación no es meramente un acto de deseo sexual, sino un ejercicio de poder y castigo hacia las mujeres. Esta violencia es un reflejo de un sistema en el que los agresores y las víctimas coexisten en una dinámica desigual.
El caso también pone en evidencia la importancia de abordar el «pacto patriarcal», donde el encubrimiento de abusos por parte de terceros es tan grave como el delito mismo. En el caso de Pelicot, muchas personas sabían de los abusos pero no denunciaron. Esto destaca la necesidad de una mayor transparencia y responsabilidad en la sociedad para combatir la violencia sexual.
El caso de Dominique Pelicot subraya la urgencia de enfrentar la violencia sexual y de género no solo en Francia, sino en todos los contextos locales, incluyendo Ecuador. La historia de Gisèle Pelicot y el llamado de las expertas para cuestionar y reformar nuestras percepciones y sistemas son cruciales para prevenir futuros abusos y apoyar a las víctimas. Es un recordatorio de que la lucha contra la violencia sexual es global y requiere un compromiso y acción continuos.

