A sus 76 años, Blanca Vicuña, más conocida como doña Blanquita, sigue cumpliendo con una rutina que ha mantenido por más de medio siglo: levantarse temprano, elegir las mejores rosas del día y venderlas en su puesto ubicado frente a la puerta 1 del Cementerio General de Guayaquil.
Desde hace 50 años, esta florista se ha convertido en parte del paisaje cotidiano del camposanto. Aunque su movilidad se ha visto afectada por una afección en la cadera y la pierna derecha, se ayuda de un andador con ruedas para desplazarse y no ha dejado de trabajar.
Cada mañana, sale desde su casa en Sucre y García Avilés alrededor de las 06:00. Su fidelidad al oficio comenzó cuando tenía apenas 8 años, bajo la guía de su madre, también florista y oriunda de Cuenca. “Mi primer ramo lo hice de niña, y desde entonces no he parado”, recuerda.
En sus inicios, trabajaba de forma informal con puestos improvisados de madera. Con el tiempo, pudo instalar una estructura metálica que aún conserva, donde guarda herramientas, flores y materiales para armar los arreglos. “Antes cobraba en reales, luego en sucres y ahora en dólares”, comenta con una sonrisa nostálgica.
Pese a los dolores que le causa una placa metálica en la pierna —resultado de una caída que tuvo hace algunos años—, doña Blanquita sigue llegando todos los días a su puesto. Un taxi la traslada hasta el cementerio y su familia la ayuda a preparar lo necesario para la jornada.
Sus hijas y una nuera la acompañan especialmente en fechas de alta demanda, como el Día de los Difuntos, cuando decenas de familias acuden a comprar flores para honrar a sus seres queridos. “Ella en casa se enferma, su mejor medicina es trabajar”, aseguran sus familiares.
Entre los comerciantes del sector, es reconocida como un ícono. “Quien no conoce a doña Blanquita es porque nunca ha comprado flores aquí”, dicen los vendedores que la rodean. Siempre lleva camisas coloridas, cabello blanco y una cartera cruzada donde guarda las monedas del día.
Sus manos, curtidas por el tiempo, se manchan constantemente con pintura y espuma verde utilizada para mantener frescas las flores. Ofrece ramos desde $1, y los más elaborados los prepara con anticipación. “Si quieren flor amarilla, le pongo pinturita; todo debe verse bonito para los que ya no están”, comenta mientras arma un ramo.
Ha visto pasar generaciones enteras de clientes, incluso figuras públicas y familias de autoridades locales. Su oficio, más que un trabajo, se ha convertido en una tradición familiar y emocional.
“Mis hijos no quieren que siga, pero aquí estoy, firme. He pasado muchas cosas, pero seguiré mientras pueda. Hay deudas que pagar y flores que entregar”, dice con determinación, al referirse a un valor pendiente con el Municipio por el uso del espacio, que su familia busca resolver.
Con su presencia diaria, doña Blanquita simboliza la perseverancia, el amor por el trabajo y la devoción hacia la memoria de los difuntos, siendo parte viva del Cementerio General de Guayaquil desde hace cinco décadas.

