Un duelo entre gigantes del continente
La final enfrentó a dos potencias de la época: el América de Cali, dirigido por el doctor Gabriel Ochoa Uribe, y un joven Peñarol comandado por Óscar Washington Tabárez, que debutaba en una final continental.
En el primer partido, disputado en Colombia, el América se impuso por 2-0 con autoridad. En la revancha, en Montevideo, los colombianos ganaban 1-0 y parecían encaminarse al título, pero el empate de Diego Aguirre a los 58 minutos y un tiro libre de Jorge Villar a cuatro del final forzaron un tercer encuentro en terreno neutral.
El escenario elegido fue el estadio Nacional de Santiago de Chile. El reglamento establecía que, si el partido terminaba empatado tras los 90 minutos, se jugaría una prórroga de 30, y de persistir la igualdad, el campeón sería el de mejor diferencia de gol: el América.
El milagro de Santiago
Durante 120 minutos el marcador se mantuvo 0-0. El América controlaba el ritmo y ya saboreaba su primera Libertadores tras perder las finales de 1985 y 1986. Peñarol, exhausto, no encontraba espacios.
Hasta que, en el último segundo del alargue, ocurrió el milagro.
Cuando el reloj marcaba 14 minutos y 58 segundos del tiempo suplementario, el árbitro chileno Hernán Silva llevaba el silbato a la boca para decretar el final. En ese instante, Diego Aguirre se filtró entre los defensores Álvaro Aponte y Víctor Espinosa, y con un zurdazo cruzado venció a Julio César Falcioni. Peñarol 1, América 0.
La escena quedó grabada en la memoria del fútbol sudamericano. El relator colombiano, desconsolado, alcanzó a decir entre lágrimas: “No lo voy a cantar… es increíble, Dios mío… ¿por qué siempre a nosotros?”.
Desde la otra cabina, el uruguayo Alberto Kesman gritaba: “Así somos los charrúas, hasta el último instante la buscamos. Esto es Peñarol, esto es el fútbol uruguayo”.
El relato de una epopeya
Julio César Pasquato, recordado cronista de El Gráfico conocido como Juvenal, escribió una de las crónicas más emocionantes sobre aquella final:
“Todavía estoy temblando de excitación. No puedo sacarme de adentro el dramatismo de esa definición. Peñarol también es único”.
El América de Cali quedó devastado. Era su tercera final perdida de forma consecutiva. Un golpe que marcó el fin de una generación brillante encabezada por Falcioni, Gareca, Cabañas y Willington Ortiz.
En contraste, Peñarol conquistó su quinta Copa Libertadores, y Diego Aguirre se ganó un lugar eterno en la historia aurinegra.
Aguirre, el héroe eterno
El propio Aguirre recuerda aquel instante con una mezcla de emoción y asombro:
“Ese gol marcó mi vida. No hay un día en que no me lo recuerden. Sabía que era la última jugada y le pegué con el alma. Fue algo mágico. En la Copa había hecho cuatro goles, todos de cabeza; ese fue el único con la pierna izquierda”.
El delantero confesó que su posición en el campo fue producto del azar:
“Había ido a buscar al defensor para golpearlo, porque me había pegado fuerte antes. Pero en ese intento me encontré con la pelota. Si no pensaba en eso, no hacía el gol, porque estaba veinte metros afuera del área. Fue pura intuición”.
Aguirre también reconoció la tristeza de sus rivales:
“Los jugadores del América quedaron destrozados, era su tercera final consecutiva perdida. Había que tener respeto, porque el fútbol te da y te quita”.
Un gol para la eternidad
Ese zurdazo no solo le dio a Peñarol su última conquista internacional, sino que definió el carácter de un club acostumbrado a resurgir en la adversidad.
La Conmebol catalogó el tanto de Aguirre como uno de los más dramáticos en la historia de la Copa Libertadores.
Hoy, cada 31 de octubre, el teléfono del exdelantero no deja de sonar. Lo llaman hinchas, periodistas y amigos que aún celebran ese segundo de gloria que cambió la historia. “Escucho algunos relatos y me dan ganas de llorar”, admite.
Aquel gol, nacido del cansancio, la fe y la intuición, sigue siendo símbolo del espíritu charrúa: luchar hasta el último instante. Y, para Diego Aguirre, será siempre el instante en que el fútbol lo convirtió en leyenda.

