Guayaquil, Ecuador – En una escena de desgarrador dolor y profunda indignación, familiares y allegados de los cuatro comerciantes secuestrados y cruelmente asesinados en una cisterna de Nueva Prosperina, al noroeste de Guayaquil, les dieron el último adiós este sábado, 7 de junio. Con globos blancos elevándose hacia el cielo y carteles que clamaban “¡Exigimos justicia!”, la comunidad y las familias despidieron a las víctimas en un cementerio del noroeste de la ciudad, en medio de un ambiente de luto y desesperación.
Las escenas de dolor eran inconsolables, con llantos que resonaban entre las tumbas, mientras los deudos pedían con vehemencia que el accionar de los responsables no quede impune. La tragedia de estos comerciantes – tres hombres y una mujer – ha conmocionado a Guayaquil y sus alrededores. Sus cuerpos fueron encontrados en una cisterna, donde murieron asfixiados, tras haber sido secuestrados en diferentes sectores de Guayaquil y Daule entre el 29 de mayo y los primeros días de junio.
El sepelio se convirtió en un símbolo del dolor que atraviesa la ciudad, víctima de una ola de violencia criminal sin precedentes. La forma brutal en que estas vidas fueron arrebatadas, sumado al infame contexto de los secuestros extorsivos, ha generado una explosión de rabia e impotencia. Los globos blancos, que representaban la esperanza de paz y la inocencia perdida, contrastaban con la oscuridad de la tragedia.
Los carteles con el grito de «¡Exigimos justicia!» no solo eran un lamento, sino una declaración de resistencia. Las familias, a pesar de su inmenso sufrimiento, se han convertido en la voz de un clamor colectivo para que las autoridades actúen con contundencia. Este caso ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de los comerciantes, un sector vital para la economía local, que se ha vuelto blanco frecuente de las bandas criminales en Guayaquil.
La presión social y la necesidad de que estos crímenes no queden en la impunidad son enormes. La Fiscalía General del Estado y la Policía Nacional tienen la obligación de continuar con las investigaciones, capturar a todos los implicados –tanto autores materiales como intelectuales– y asegurar que enfrenten la pena máxima que establece la ley. La prisión preventiva dictada para los cinco primeros detenidos es un paso inicial, pero la comunidad espera que la justicia sea plena y expedita.
La memoria de estos comerciantes asfixiados en la cisterna debe ser un motor para que las autoridades refuercen las estrategias de seguridad, desarticulen las redes de secuestro y extorsión, y devuelvan la tranquilidad a los ciudadanos. El clamor de justicia que se escuchó en el cementerio del noroeste de Guayaquil es un recordatorio urgente de que la sociedad no tolerará más muertes y exigirá un futuro sin miedo.
