Durante la solemne misa de investidura del Papa León XIV, celebrada el pasado 18 de mayo en la Plaza de San Pedro del Vaticano, dos figuras de la realeza acapararon la atención no solo por su presencia, sino también por su vestimenta. La reina Letizia de España y la princesa Charlene de Mónaco asistieron al acto luciendo elegantes trajes blancos, una elección que, aunque sorprendente para algunos, está respaldada por una antigua tradición vaticana conocida como “el privilegio del blanco”.
Este protocolo, vigente únicamente para un grupo extremadamente selecto de mujeres, permite a determinadas consortes católicas de casas reales europeas vestir de blanco en audiencias o ceremonias oficiales con el Papa. En total, solo siete mujeres en el mundo gozan de este honor, lo que convierte su presencia en un símbolo tanto de estatus como de estrecha relación con la Iglesia Católica.
El nuevo pontífice, León XIV, cuyo nombre secular es Robert Prevost, dio inicio a su papado en un evento que reunió a jefes de Estado, dignatarios y representantes de la nobleza internacional. Como parte de este contexto, la elección de vestimenta de Letizia y Charlene se volvió un gesto cargado de simbolismo y tradición, recordando el rol histórico que ciertas monarquías europeas han desempeñado en la historia de la Iglesia.
Ambas representantes de la realeza optaron por atuendos sobrios, con cortes clásicos y sin ostentación, lo que reforzó la solemnidad del evento. La reina Letizia lució un vestido blanco perla con mantilla del mismo tono, mientras que la princesa Charlene se presentó con un conjunto blanco minimalista que combinaba elegancia y respeto protocolar.
El privilegio del blanco no es simplemente una cuestión de moda o gusto personal, sino una norma reconocida por el Vaticano para resaltar el vínculo especial entre algunas monarquías católicas y el papado. Otras mujeres que comparten este privilegio son la reina Paola de Bélgica, la gran duquesa María Teresa de Luxemburgo, entre otras figuras de casas reales con raíces católicas.
La misa de investidura del Papa León XIV marca el inicio de una nueva etapa en la Iglesia, y este tipo de detalles —como la aplicación de normas protocolares milenarias— refuerzan el peso simbólico del evento. La presencia de figuras como Letizia y Charlene no solo aporta un aire de elegancia a la ceremonia, sino que también refuerza la conexión entre la Iglesia y ciertas estructuras tradicionales de poder.

