En 1993, mientras Arthur Ashe, el legendario tenista afroamericano, luchaba contra el sida, recibió una carta de un fan que le preguntaba por qué Dios lo había elegido para padecer una enfermedad tan devastadora. Ashe respondió con un mensaje profundo sobre la vida, el éxito, el dolor y la fe.
El múltiple campeón de Copa Davis, ganador del US Open, Wimbledon y Australian Open, recordó su trayectoria desde niño: de los millones que empezaron a jugar al tenis, solo uno alcanzó la cima de los torneos más prestigiosos: él mismo. Ashe señalaba que nunca cuestionó a Dios cuando celebraba sus victorias, y que el dolor no debía ser motivo de resentimiento: “Cuando estaba celebrando la victoria con la Copa en la mano, nunca se me ocurrió preguntarle a Dios ‘¿por qué a mí?’ Así que ahora que estoy con dolor, ¿cómo puedo preguntarle a Dios ‘por qué a mí?’”.
Ashe compartió también su visión sobre la vida cotidiana y las paradojas de la existencia: la felicidad nos mantiene dulces, el juicio nos fortalece, el dolor nos humaniza, el fracaso nos hace humildes y el éxito nos mantiene brillantes. Pero, sobre todo, afirmó que solo la fe mantiene en marcha a las personas, incluso frente a la adversidad.
El tenista reflexionó sobre la perspectiva que cada individuo tiene de la vida. Comparó los sueños de un niño pobre con los de un piloto experimentado, mostrando que la satisfacción depende del contexto y del corazón con que se viva. “Si la riqueza fuera el secreto de la felicidad, los ricos deberían estar bailando por las calles; pero solo los niños pobres lo hacen”, dijo Ashe. Asimismo, recordó que el poder, la fama y la belleza no garantizan seguridad ni relaciones perfectas, y que la humildad y la fe son esenciales para vivir plenamente.
Este pensamiento de Arthur Ashe se mantiene vigente como un ejemplo de grandeza de espíritu y humildad. Su vida demuestra que la verdadera riqueza no reside solo en los títulos, la fama o el dinero, sino en mantener los pies en la tierra, valorar la fe y encontrar sentido en cada experiencia, tanto en la gloria como en el dolor.

